Ciri: La No Perdedora “¿Redención?”


Ciri: La No Perdedora
¿Redención?



No sé si habrá conocido a otra chica, quizá sí… en verdad no entiendo por qué aceptó ese último viaje.

Yo sabía que andar tomando tanto era un problema, y además yo era muy agresiva. Igual dejé de un poco de beber y así pude juntar las platas para que viajáramos aquella vez… también me alcanzó para inscribirme en el gym al que ella estaba yendo, pagué, hablé con el encargado del gimnasio y le conté que me iría de viaje así que comenzaría a ir cuando regresara, a las dos semanas… pero volví al gimnasio tres meses después.

Así que un día, tres meses después, me vi caminando hacia el gym con una desteñida polera y un viejo pantalón de buzo… sabía que me desintoxicaría y eso me motivaba, aunque la verdad comencé a ir por demostrarle a Carla que yo podía cambiar, aunque sabía que ya todo estaba perdido. De todas maneras no fui al mismo gimnasio a ese que había reservado la matrícula porque pensé que podría toparme con Carla, así que perdí esa plata.

Así que ese primer día en el otro gimnasio, entré y pagué y me sentí perdida entre tantas máquinas y enormes pesas y tipos musculosos y otros no tan musculosos mirándose en los grandes espejos de las paredes; también otros gorditos en las bicicletas estáticas con sus poleras completamente sudadas y la transpiración cayendo a mares desde sus rostros y frentes. También habían mujeres pero no sentí ganas de mirar a ninguna, no quería nada ni un coqueto ni un beso o miradas o sonrisas, menos una relación…

Las pesas, la música electrónica a todo volumen se mezclaba con el ruido de fierros que chocaban; me acerqué a una trotadora, la mire, me subí intenté caminar pero no funcionó, imagino que había que encenderla con alguna escondida perilla… así que me bajé y busqué alguna otra cosa.

Caminé a un banquillo con fierros alrededor y pesos en sus costados. Una mujer que estaba tendida de frente en el banquillo había terminado de usarla, levantando unas poleas con sus piernas. Me tendí en el banquillo e intenté imitar a la mujer pero me enredé un poco. No sabía cómo hacer el movimiento. Miré los pesos para comprender la manera de regularlos: descubrí un fierrito que se quitaba y se ponía según la carga deseada, pero no entendía mucho cómo ajustarla, y entonces se acercó un tipo:

— Te veo media complicada -me dijo sonriendo-.
— Ehmm, sí, un poco -respondí avergonzada-.
— A ver, cuál ejercicio querí hacer…
— Heem, no, no sé bien…
— Pero dime poh, qué querí lograr…
— Hemm, no sé... heemmm, quisiera... quisiera ser rica -le dije algo turbada-.

Sonrió con amabilidad, puso su mano en mi hombro y dijo:

— Mira, amor. Si vení al menos tres veces a la semana y hací tu rutina como corresponde, además de hacer dieta, porque igual tení que bajar harto de peso… bueno, si erís constante, porque no sirve venir cuatro días una semana y ninguno a la otra y después dos días, no, eso no sirve. Si erís constante, y te soy sincero, recién a los tres meses vay a ver resultados; o sea, la gente los notará y te lo hará saber.
— ¡TRES MESES!
— Sí, como lo oyes, linda. Te lo digo desde ya ¡Pero tres meses se pasan volando! No te voy a preguntar por qué o para quién, pero ¿en serio querí ser rica?
— Heeemmm… ¿sí? -dije sonriendo, harto confundida esta vez-.
— Ya poh, galla. No te vay dar ni cuenta cómo pasa el tiempo.

Sacó del bolsillo de su pantalón deportivo un celular y buscó algo unos instantes; luego se agachó a mi altura y me dijo:

— Mira, este soy yo el primer día que vine al gym.

La imagen mostraba a un tipo moreno de cara aburrida y sombría. Vestía un pantalón deportivo blanco y una polera roja manga corta. Sus brazos eran delgados y su cabeza parecía demasiado grande en relación a sus hombros. Y aunque era flaco tenía un abdomen prominente. Pero aquel cuerpo se había moldeado muy bien y ahora él, que había sido así como en la foto, era totalmente diferente: de ancha espalda muy simétrica con sus hombros redondos y desarrollados; su pecho se veía potente, muy marcado y en lugar de panza la ajustada sudadera amarilla traslucía un abdomen fibroso.

— ¿Viste?, yo era así y ahora, ¡tú me veí, poh! Ocho meses… pero pasaron volando.
— Oye pero… es que tres meses es mucho…
— ¡No te preocupí! Si de verdad querí conseguir los resultados que te proponí, lo vay a lograr. Y le vay a empezar a sentir el gustito a hacer ejercicio, y sin darte cuenta vai a venir muy seguido.
— Pucha, no sé… igual, es primera vez que estoy en un gimnasio…
— ¡No, galla, no te preocupí! Mira, eso sí, al principio te va a doler todo el cuerpo, o sea ¡El primer mes vay a andar toda dolorida! ¡Ja ja ja!, pero después vay a sentir que cuando te duela va a ser rico, y como al poco tiempo ya no duele el cuerpo, no vay a poder vivir sin venir al gimnasio…
— Qué lata… pero si me va a dar resultados… bueno, ¿y cómo uso esta máquina?
— Ya, mira -dijo siempre sonriendo-: tení que poner las piernas más flectadas, así vay a poder hacer el ejercicio. Este ejercicio te sirve para los gluteos, para afirmar el culo. Tú tení harta masa así que tení que ponerlo en este peso -se agachó y ajustó la máquina-. Haz unas diez repeticiones, lo más rápido que podai pero no te apurí taaaaanto, mantiene una velocidad constante. Descansa treinta segundos y repetí. Hace lo mismo cuatro veces, o sea, cuatro series de diez repeticiones. Cuando terminí me preguntai qué otra cosa podí hacer. Ya, te dejo que tengo que tengo que seguir con mi rutina.
— Ya, gracias.

Caminó hacia un banquillo algunos metros más allá, tomó dos grandes mancuernas, se tendió de espalda y comenzó a levantarlas rápido y a bajarlas muy lento.

Me acomodé e hice lo que me dijo, flecté las piernas una vez, luego otra y otra y completé las diez repeticiones. Descansé y continué. En mitad de la tercera serie comencé a sentir una especie de cosquilleo en los muslos, algo que nunca había sentido. Acabé y me senté unos momentos. Caminé hacia el tipo.

Esperó a terminar una serie y se sentó en el banquillo. Alzó la voz intentando que la escuchara por sobre la estridente música y los ruidos de los hierros.

— ¿Y qué tal? ¿Muy cansada? -me dijo-.
— No, no mucho… ¿y ahora? -respondí-.

Se puso de pie y se perdió tras una muralla; reapareció segundos después, trayéndome una pequeña tarima. Yo debía subir un pierna y luego la otra y bajar la primera y después la otra, “así, ¿viste? Hace cuatro series de treinta repeticiones. Tení que descansar treinta segundos entre las series. Cuando terminí me buscai”, me dijo.

Hice lo que me indicó. Al rato lo busqué, caminando con unas piernas que no parecían ser las mías, llenas de hormigueo. Transpiraba profusamente empapando mi sudadera. Lo encontré y me mandó esta vez a sentarme en un banquillo. Debería levantar unas pequeñas mancuernas, “así, con poco peso, las subí lento y las bajai rápido. Son de un kilo, tení que quemar la grasa de tus brazos primero y después los vai a tonificar, pero primero hay que bajar la grasa. Hace diez repeticiones en cuatro series. Descansa diez segundos entre cada serie”, dijo.

Apenas logré terminar el ejercicio, estaba exhausta pero me sentía contenta… de alguna manera la música y los ruidos de los hierros chocando y las personas que allí estaban, se comenzaban a hacer parte de mí.

Miré al chico mientras salía del baño tapando una botella de vidrio llena de agua. Se dirigía hacia donde yo me encontraba.

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