El Desquicio Capítulo 1
Navidad en la Pobla

— Sírvete más vinito, ¿o estai muy mareado ya? -le dice ella con una coqueta sonrisa cuando se pone de pie. Mueve entonces levemente su cabeza indicándole el baño, y medio minuto después, él camina hacia allá-.
“Pídeme lo que querai mi amor, yo te lo regalo, cerveza, whisky, mi cuerpo, lo que querai”, le susurra Marta al oído mientras abre unas pequeñas bolsitas transparentes que luego pone sobre el estanque del wc, las deja ahí y se gira y lo besa tocándolo entero: le mete las manos en el pantalón y lo besa en los labios y en el cuello y le chupa la cara y él siente en la boca de ella el placer y la lujuria y el amargo sabor de la cocaína y el olor de incontables cigarros revueltos con cerveza, mientras ella lenguetea babeante su rostro…
Marta le pasa un billete de cinco lukas enrollado, él lo toma y agarra una de las bolsitas y hunde un extremo del billete enrollado en el polvito de la bolsita, y el otro extremo se lo mete en la nariz y aspira con deleite y Marta mira su regalo de navidad y ya no puede esperar más por abrirlo, hoy que es Navidad, y eso está sucediendo exactamente ahora mientras lees esto.
La excitación, la lujuria de Marta…
Marta, la vieja y gorda señora Marta y su bigotillo negro, sus fétidas axilas transpiradas y la flacidez en sus brazos, el tacto de sus caídos pechos, su hinchado vientre y caderas poco femeninas y su inexistente culo, sus piernas con várices y abundante bello y aquellas mal cortadas uñas rasguñándole la espalda buscando excitarlo… todo aquello lo asquea, pero sonríe al verse a sí mismo aspirando una y otra vez, metiéndose en el organismo enormes cantidades del polvo blanco del clorhidrato de cocaína, y del polvo color mostaza de la pasta base de cocaína.
¡Ufff!, la pastita…
Eso de la pasta base es un tema que debo explicarte antes de continuar (diciéndote lo que te pasará hoy, dentro de un rato, cuando revises muy bien ESE regalo de Navidad, y tú sabes PERFECTAMENTE a cuál regalo me refiero) este cuento de Navidad.
Bien, te explico.
Si quieres puedes tomar apuntes.
Preguntas al final, por favor:
La pasta base, llamada en Chile “monos” o “pasturri”, o “churri” o “yola”, es lo que resta de la alquimia para convertir la sagrada hoja de coca en el famosísimo clorhidrato de cocaína; en otras palabras, la pasta es lo que sobra de aquel proceso.
El efecto de la churri es similar al de la cocaína, pero más intenso y de menor duración; la deliciosa recompensa es producida por los vapores tóxicos de su combustión y dura hasta aproximadamente treinta segundos desde que la aspiras.
También la puedes inhalar por la nariz, como él lo está haciendo ahora desde la caída pechuga izquierda de la señora Marta, pero te pegará muchísimo menos.
Con cada fumada de pasta base el cuerpo se tensa y es esa tensión la que produce el enorme placer. Increíblemente adictiva, la pasturri se tolera con tal rapidez que las dosis deberán ser muy pronto mayores y más periódicas para lograr la sensación deseada.
Su consumo frecuente termina agarrotando los músculos de todo el cuerpo: un brazo, por ejemplo, que involuntariamente se mantiene estirado y rígido en diagonal al torso, o constantes movimientos de la cabeza intentando relajar el cuello.
“El Tieso”, le decían a un amigo de él adicto a la pasta base y que murió de Lesión por Inhalación Fulminante: una noche se fumó CIEN GRAMOS DE PASTA BASE y se derritió ambos pulmones, los dos juntitos, el solito, y sólo en una noche.
Este vicio se relaciona con la disminución de los niveles del calcio corporal, quizá lo destruya o impida su fijación a nivel celular, y como el calcio interviene en la transmisión de los impulsos eléctricos que nos dan vida, los adictos -llamados también “pasteros” o “angustiados”, o “angurris” o “angurrientos”- sufren “cortes de circuito” manifestados en las manías antes mencionadas, las que también se presentan en el rostro: una ceja que se levanta sin que lo quieras, un párpado que te tirita, bruxismo extremo o muecas de labios y boca, etcétera.
“Mil Caras” llamaban a otro amigo suyo, también adicto, y que terminó parapléjico.
Además, los “monos” -la pasta base- quitan el hambre.
La pasta base -un octavo de gramo, o menos incluso- viene en pequeños envoltorios de papel de cuaderno, y se les conoce como “papelinas”, “yolas”, “monos” o “gorilas” cuando las papelinas están generosas; su bajo precio, quinientos o mil pesos cada mono, la hace tan popular en los ghettos que puedes encontrar hasta cinco o diez traficantes en una misma cuadra de cualquier población marginal.
Y él vive en uno de esos ghettos, en una pobla, allá en el lejano Santiago de Chile.

Ya. El asunto es que el sabor de la coca y de la pasta base y de los cigarros en su lengua y paladar hasta su garganta, y el olor y el tacto de la señora Marta, se mezclan con el hecho de arriesgarse de esa manera metido en la casa de un traficante con delincuentes armados y completamente borrachos y drogados donde una mínima impertinencia, un sutil comentario mal entendido o tan sólo una mirada que no agrade, puede significar su muerte; hasta permanecer en silencio es peligroso:
— ¡Y vóh! ¡Por qué estai tan callao! ¡¿Te comieron la lengua en el calabozo?!
Y el vivaracho éste encerrándose cada veinte minutos con la señora Marta en el baño sin importarle que la pareja de ella, “el Tío”, uno de los traficantes de coca y pasta de la población, esté del otro lado de la puerta jalando y riendo y tomando con los otros invitados…
Al Tío le darán ganas de mear, se pondrá de pie, caminará hacia el baño riendo su borrachera y tomará la manilla e intentará abrir la puerta pero la puerta está con pestillo así que vuelve a sentarse a seguir tomando pero atento al baño porque ya está que se orina y al poco rato deja el vaso con el combinado en la mesa y se pone de pie y camina hacia baño y se queda junto a la puerta y después de treinta segundos golpeará otra vez para que salga quien está ocupando el wc pero nadie contesta y el Tío dirá entre enojado y en broma que se está meando y se reirá y no le contestarán de vuelta y volverá a golpear pero nadie contesta y el Tío vuelve a golpear la puerta y dice ¡Oe abran! y toma la manilla y la intenta abrir pero la manilla está con el seguro así que el Tío empuja la puerta con su metro noventa de estatura y 130 kilos de peso y la puerta casi se sale del marco y la señora Marta escapa corriendo del baño y entonces el Tío lo ve y saca su 45 y lo apunta directo al rostro:
—¡Sácate los pantalones, mierda! -le ordena-.
“¡Mira a la muralla conchetumadre, y pone las manos en la muralla! ¡Ahora mírame maricón reculiao!”, le grita y la víctima gira su cabeza y mira al Tío lanzándole un beso apuntándolo a medio metro de su rostro durante eternos dos segundos; el cañón de la pistola se desenfoca en su vista y sus ojos enfocan en segundo plano al Tío sonriendo enajenado y esa imagen lo aterroriza, y ahora bajas la mirada y atónito ves al Tío abriéndose el cierre del pantalón, su gran pico de traficante se asoma “¡Date vuelta hacia la muralla bastardo reculiao!” te dirá y tú te girarás hacia la pared blanca del baño y apoyas tus manos en la muralla y ahora sientes la mano del Tío tocando tu espalda “¡Sácate la polera!”… te dirá y tú temblando te la quitarás, “¡Pone las manos en la muralla!”, te gritará otra vez y tú las apoyarás en la muralla y sentirás nuevamente la mano del Tío tocando tu espalda mientras el frío acero del cañón de la pistola se hunde en tu cadera izquierda, y tu culo se aprieta al sentir la verga del Tío y un sordo dolor te ciega cuando el Tío te pega con la cacha de la pistola en la nuca, sientes como una explosión en tu cerebro y ves un destello blanco por dentro de tus ojos y caes de rodillas y el Tío te sigue pegando en la cabeza con la culata una y otra y otra vez y sientes la sangre cayendo por detrás de tu oreja derecha y por tu cuello mientras pierdes la conciencia y te das cuenta que el Tío te está violando, y te sigue pegando con la pistola y te desmayas otra vez y abres los ojos y ves al Tío gritándote ¡COCHINO CULIÁO TE CAGASTE EN MI PICO! y ves la zapatilla del Tío directo a tu rostro y tu cuello cruje y lo último que sientes es el 45 del Tío metiéndose en tu sangrante culo y escuchas que el Tío pasa la bala y jala del gat
— ¡¡¡OJÁLA QUE NO QUIERA VENIR A MEAR!!!
Grita de pronto y sacude su cabeza para espantar aquellos terribles pensamientos, y mira hacia abajo en el momento exacto en el cual el rostro de la señora Marta le sonríe de rodillas: aquella imagen se mezcla con la sensación de una boca succionando y lengüeteando sus testículos, y ahora su glande, mucho rato…
Además de la verga enorme del Tío y su 45, existe también el peligro de que los pacos se dejen caer en cualquier momento: sirenas lejanas que nadie excepto él escucha y que suenan cada vez más cerca y todos se ponen de pie de un salto y comienzan apurados a esconder la drog¡PLAFFF! La puerta cae ¡POLICÍA! ¡POLICÍA! ¡Al suelo! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡POLICÍA! ¡Al suelo! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! ¡POLICÍA! ¡Tírate al suelo conchetumadre! ¡POLICÍA! El mundo gira a enorme velocidad ¡POLICÍA! ¡POLICÍA! Pacos y más pacos encapuchados por todos lados entrando por la ventana y saliendo desde la cocina tu cuerpo llevado de allá para acá por los golpes y empujones de los pacos pacos por todos lados cuántos pacos malditos pacos ¡GUAU! ¡GUAU! ¡GUAU! los perros desgarrando tus piernas culatazos patadas todo rueda vertiginosamente cocaína cigarrillos pasta base insultos alcohol terror culatazos ¡GUAU! ¡GUAU! ¡POLICÍA! ¡POLICÍA! ¡GUAU! sientes la sangre en la cara y los bototos que te inmovilizan en el suelo pisando tu cabeza mientras te siguen golpeando y los mordiscos de los perros rasgan tus brazos y de tus brazos sangrantes, los pacos te levantan bruscamente.
Las esposas, la radiopatrulla, la comisaría, los golpes de los policías humillándote a cada segundo, los calabozos, los delincuentes queriendo violarte, la sentencia del juez, la cárcel, diez años preso…
Fíjate: a pesar de lo probable que son las situaciones anteriores, a pesar de que realmente le pueden ocurrir en cualquier momento esos desmadres, ¡al tipo le importa una shet, hermana! Sigue tomando y fumando cigarrillos y ofreciéndose a llenar los vasos vacíos.
“¿Quiere más cervecita, compadre? También hay ron”, dice al regresar disimuladamente del baño.
— ¿Vóh lo compraste? -le preguntó alguien mientras servía ron en el vaso de algunos invitados-.
— Yo no me acuerdo cuántos copetes traje, no pienso en esas weás, yo pongo plata pa´que compartamos y no pá andarme alumbrando como los giles -respondió muy serio-.
— ¿Vóh hai estao en la cárcel? -le preguntó otra vez-.
— Hice ocho años por matar a un paco, pero no quiero hablar de esa volá.
— ¡¿Mataste a un policía?!
— ¡Ya te dije que no quiero hablar de esa weá! ¡Y no me sigai llevando de apuros porque me pongo entero loco, chuchetumare!
— ¡Ya, ya, tranquilo! ¡Está bien, hermano! Acá somos todos choros, si mataste a un paco entonces vóh también soi choro. ¿Querí un cigarro?
La verdad es que él nunca había estado preso aunque un par de veces tuvo que dormir en alguna comisaría por andar borracho en la calle; tampoco había comprado ni siquiera un miserable cigarro suelto para compartir y la historia del policía asesinado era una mentira que se le ocurrió en el momento, y que dijo para ocultar el terror que le produjo aquel hombre que le habló, homicida seguramente, a quien una horrible cicatriz le cruzaba completa la mejilla izquierda.
Él mentía porque debía mostrarse valiente y osado, ya que si lo notaban siquiera un poco intimidado habrían descubierto que era cobarde, y hasta ahí habría llegado su fiesta: los delincuentes, sean éstos asaltantes de bancos, estafadores o simples “lanzas” -aquellos que se ponen cerca de mujeres con aros, collares o teléfonos caros, se los arrebatan de un tirón y salen corriendo-, o los “carteristas” -esos que te sacan la billetera del pantalón o de la chaqueta mientras la tienes puesta-, todo el lumpen desprecia a quienes tienen miedo pues ser temeroso es ser cobarde, y los cobardes son tus enemigos ya que los cobardes te delatan o te acuchillan por la espalda.
Aquello de la tomatera en la casa del Tío está ocurriendo un par de años antes de que él deba elegir.
¿Escogerá bien?
(continúa en el pdf)
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