5+1 ( ) Relatos “El Amigo”
5+1 RELATOS
El Amigo
Parece que llevaba más de una semana tomando, y no sabía si lo poco que recordaba lo había vivido, soñado o imaginado.
La luz del Sol me cegaba, mi cabeza quería explotar y la peor resaca de mi vida me enfermaba terriblemente pues no sólo alcohol tenía en el cuerpo sino también cigarros y cocaína, y marihuana de esa transgénica, y pasta base.
Además, había combinado todo eso con fármacos para dormir y pastillas para estar despierto, y como casi todas esas drogas te quitan el hambre, estoy seguro que hace varios días no comía nada.
Tirado junto a mi cama, todo daba vueltas; mi polera estaba pegajosa y hedía a vino y sudor.
Apoyando una mano en el piso, intenté ponerme de pie, arrodillándome primero. Lo hice. Deseaba enfocar la mirada pero veía todo doble o triple, y la luz del Sol me cegaba…
Comencé a pararme y vi que el piso se acercaba vertiginoso. No alcancé a protegerme con los brazos y un ruido seco se mezcló con un lejano dolor en mi rostro…
Quizá había pasado una hora o un día entero cuando volví a reaccionar: me afirmé en el borde de la cama irguiéndome tambaleante, y me fui de espaldas. Mi nuca rebotó en suelo. Otra vez el ruido sordo, el dolor lejano...
Me giré poniéndome en posición fetal, y me acurruqué sobre mí mismo.
Cerré mis ojos.
Mi corazón latía despacio, muy, muy despacio… de pronto se aceleraba tanto que me palpitaba en las sienes, y luego lo sentía otra vez lento… esperaba resignado el momento en el cual se detendría para siempre. “Si me muero, a nadie le importará mucho y al poco tiempo ya nadie me recordará, y será como si yo jamás hubiese existido”, pensé.
Una tibia y solitaria lágrima acarició mi mejilla derecha...
Yo... yo nunca quise llegar a ser alguien en la vida, aspirar a la felicidad y esas cosas, nunca lo imaginé siquiera, y eso me hacía sentir muy pero muy mal; sin embargo, era aún peor el saber que verdaderamente no era nadie y no tenía nada, ni apoyo ni talento, ni motivación, ni estudios, un reconocimiento laboral o académico, algún diploma, un pequeño capital para emprender un modesto negocio o cualquier cosa que me diera estabilidad económica… ningún logro personal que me hiciera sentir orgulloso o tan sólo algo, por mínimo que fuera, que me regalase una pizca de esperanza para estarlo alguna vez.
Sin amigos, sin pareja ni aspiraciones de ningún tipo y ni siquiera algún proyecto dejado a medio camino, pasaba yo mis días drogado y borracho. Con veintisiete años de edad, mi existencia no valía un puto peso... y sentí una tremenda angustia cuando el suicidio llamó a mi puerta.
Tirado en el piso con los ojos aún cerrados, saqué del bolsillo de mi pantalón el encendedor y un cigarro, y lo encendí a tientas. A la segunda fumada vomité. Y mientras vomitaba, me veía llorando amargamente. Intenté ponerme de rodillas y apenas gateando, me aparté del vómito que chorreaba por mi boca y mentón y polera…
y me tendí de espaldas.
Las vigas del techo giraban en mis ojos cuando perdí la conciencia otra vez.
Era de noche cuando volví a despertar. Abrí los ojos poco a poco y ya no sentía ganas de matarme, aunque la enfermedad de la resaca seguía allí. A pesar de que continuaba mareado, al menos ahora podía enfocar la mirada. “Debo comer algo”, me dije. Tiritando, intenté levantarme pero mis piernas se doblaron y me fui a tierra nuevamente, y me quedé tirado en el piso, inmóvil.
Vi una botella con agua debajo de la cama; debía llevar allí mil años. Estiré mi brazo, la alcancé, la destapé y me la bebí de un trago. Cerré mis ojos.
Entre confusos destellos de colores, imágenes y sensaciones, borrosas fotos con movimiento en las cuales me veía peleando borracho, comenzaba a dormirme otra vez mas de pronto y sin motivo alguno, vivencias de mi época estudiantil aparecieron en mi mente. “¿Qué será de mis compañeros de colegio?”, pensé.
Sabía de algunas que tenían varios hijos y de otros que eran responsables padres. Recordé a Amapola Amaranta, una chica que entró a la Universidad del Estado y que, gracias a su esfuerzo y excelentes notas, ganó una beca y hace años vivía en Australia.
Imaginé entonces lo genial que debía ser la vida universitaria, tanta gente por conocer, tantas experiencias… me figuré a las chicas hermosas y a los tipos ganadores a quienes les aguardaban porvenires llenos de felicidad, éxitos, logros y satisfacciones… y yo no vi más que frustración y soledad en mi futuro.
Pensando en ello me dormí otra vez, mientras tibias lágrimas se deslizaban tristes por mis mejillas.
Al día siguiente, la resaca y el dolor de cabeza habían desaparecido, pero un hambre terrible me invadía y tenía el pómulo izquierdo súper hinchado.
Tembloroso, mareado e increíblemente débil, logré llegar a la cocina, puse la boca bajo el chorro del agua en el lavaplatos y me bebí como cinco litros de agua. Abrí luego el refrigerador, saqué una olla y me senté en el piso apoyando mi espalda en la muralla, y destapé la olla: eran tallarines blancos y fríos, sin salsa ni sal ni nada. Agarrándolos con la mano, los comí. Con muy poco quedé satisfecho.
Sentí que las fuerzas me volvieron un poco, y que el mareo se alejaba; dejé la olla en el piso junto a mí.
Había dejado de tiritar.
Crucé los brazos sobre mis rodillas flectadas, cerré mis ojos y dormité durante largos minutos, una hora quizá; mientras dormitaba, sin quererlo, mi mente viajó otra vez a los tan lejanos momentos de mi periodo escolar…
Estaba, me sentía más repuesto, y con una especie de extraño optimismo que jamás había sentido en mi podrida existencia.
Bostecé, me desperecé y me paré y aún tambaleante, caminé hacia el baño.
Hacía dos semanas que no me duchaba ni me lavaba la cara ni me cambiaba de ropa.
Eso de bostezar y de desperezarme y de caminar tambaleante hacia el baño para ducharme después de dos semanas, sucedió el mediodía de un martes. En la tarde hablé con un vecino, y con él me conseguí el periódico de aquel día.
Revisé las ofertas laborales: encargado de limpieza, recadero, bodeguero, ayudante de mesero, armador de cajas, guardia…
“Se necesitan repartidores de correspondencia para Correos del Estado. Horario flexible, uniforme, propina diaria y sueldo mensual”.
Anoté la dirección que indicaba aquel anuncio.
Fui al día siguiente al Correo, hablé con el encargado y ya el jueves vestía el uniforme oficial: chaqueta azul, bolso azul, una gorra del mismo color y pedaleaba sobre una bicicleta roja que me pasaron allá.
Estaría a prueba un par de meses y cumpliría la función de “supernumerario”, es decir, reemplazaría a los carteros que salieran con vacaciones, que presentasen licencias médicas -casi siempre falsas-, o que pidieran el día libre: llaman y dicen que se enfermó su esposa o que les salió un trámite urgente en el colegio o universidad de su hijo, ese tipo de cuentos.
O simplemente, no llegan a trabajar (los fines de mes, las Fiestas Patrias y las Navidades y Añosnuevo nunca falta nadie pues los carteros recibimos propinas por cada carta entregada, y en esas fechas quienes esperan las cartas andan pagad@s y son generosos ya que están enfiestad@s, y casi siempre se están emborrachando… pero hoy es recién cinco de marzo, así que faltaron varios colegas).
Mi horario era de lunes a sábado desde las nueve de la mañana y terminaba al acabar de repartir las cartas, que podía ser al mediodía o a las nueve de la noche, dependiendo la cantidad de cartas que me tocara.
Al llegar al trabajo te recibían enormes mesones que contenían infinidad de paquetes llenos de cuentas, boletas y facturas, órdenes de desalojo y de embargo, y multas por infracciones de tránsito o delitos menores y, obvio, también cartas, pero pocas.
Cuando no faltaba nadie, el jefe, don Jefferson Boss, me llamaba a su oficina para decirme que acompañe a Pérez que anda medio mal de un hombro y le cuesta cargar el bolso, o que salga con Cesar pues llegó con lumbago, etcétera.
Cada uno de los carteros tenía asignado un cubículo en el cual organizar el día, tomaba sus paquetes con las cuentas y multas y pocas cartas etcétera, los dejaba allí, iba a la cocina a tomar desayuno y luego regresaba para ordenar la correspondencia mientras escuchaba música y tiraba la talla con el resto de los colegas.
Si a las diez de la mañana, un cuadrante -el sector asignado a cada cartero- seguía desocupado, el jefe me mandaba a dicho lugar: “oye, Lagas, Fresia no ha llegado así que anda a ordenar sus paquetes, allá en su cubículo están, es el número tres. Estarás allí hoy viernes y mañana”.
Lo malo de ser supernumerario era que siempre andaba uno rebotando de acá para allá y cuando al fin te habías aprendido la ruta de reparto, te mandaban a otro sector... y vuelta a empezar.
La oficina de Correos de la comuna de Santiago, en la Región Metropolitana de Chile, se ubica en la esquina de Alameda con Matucana, casi en medio de la capital, y el cuadrante de la señora Fresia comprende doce cuadras formadas por siete calles, con sus direcciones perfectamente numeradas y a la vista.
(¡Ah!, no te había contado. Es fundamental para los carteros que las direcciones estén ordenadas y los números visibles pues de lo contrario, es una verdadera mierda: “Andrés está con licencia, ayer lo mordió un perro así que tú vas a repartir su sector”, me dijo don Jefferson una mañana.
Yo nunca había estado en el sector de Andrés y estar donde nunca has estado es, a veces, lo peor que te puede ocurrir: llegas al lugar y lo primero que sucede es que descubres que el mapa que te dio el jefe no indicaba que las calles están sobre cerritos, lindos y entretenidos cerritos en bajada sobre la bicicleta, cierras tus ojos y te dejas llevar por la pendiente y sientes el vértigo en tu estómago y sonríes y todo eso pero los cerritos se convierten en una patada en los huevos cuando te toca subirlos con la bicicleta llena de doce kilos de cartas; el estúpido mapa tampoco te dijo que las direcciones casi no se ven pues los números están tapados por las grandes rejas que sus dueños han levantado para protegerse de los delincuentes. ¡Además, el maldito y puto mapa nunca te contó que esas invisibles direcciones no están ordenadas bajo ningún patrón lógico!: un 1453 luego de un 999 o un 13 seguido de un 374 etcétera. Y si por ventura siguen una serie ordenada, sólo es a ratos: una cuadra empieza en el 1228 y termina cinco casas después, en el 1238, ok, vamos bien, números pares, pero la cuadra siguiente continúa con el 1453 y la casa de junto tiene el 998…
La situación es desesperante, estás allí en el borde de la calle junto a la bicicleta sobre la loma de un cerrito y el Sol te quema con una ola de calor no vista en medio siglo, treinta y ocho, cuarenta, cuarenta y cuatro grados y ningún árbol cerca ni nada que te dé sombra y tus tres botellas para el agua otra vez están secas...
Sientes arder tu cara bañada por el sudor mezclado con el picante y mal oliente bloqueador, “este año seguiremos con el mismo bloqueador del año pasado, no hay presupuesto para cambiar de marca”, informó don Jefferson en mitad del invierno cuando nadie pensaba en el verano; esa asquerosa crema con olor a mierda pegajosa y aceitosa chorreando por tu rostro y juntándose en tu barbilla, las gruesas gotas cayendo hacia un pavimento al rojo vivo que derrite las suelas de tus zapatillas y te quema los pies absolutamente transpirados…
Y miras unos segundos a tu derecha y luego a tu izquierda y no sabes por dónde empezar a repartir las cartas, bajas la loma siguiendo tu instinto pero te equivocas y debes volver a subir la loma y desciendes hacia el otro lado. Comienzas a pedalear y te sientes optimista y contento porque ya llevas treinta cartas entregadas en treinta casas cuyos números están ordenados y visibles… te llenas de esperanza y al doblar la esquina todo es caos pues los putos números están todos revueltos…
¡Pero cáchate ésta!: tú, la bicicleta, el bolso con los doce kilos de cartas y otra cima de un cerrito parecido al anterior pero ahora no es verano sino invierno, y te ves bajo un frente de mal tiempo que se extiende ya por siete días, “el peor de la década”, dicen en la tele. No ha dejado de llover ni tan siquiera media hora y tus pies flotan dentro de los botines: luego de pedalear por interminables calles inundadas junto a veloces autos que al pasar por los charcos te lanzaban enormes olas de agua con barro y aceite y basura, tus zapatos no aguantaron más y se llenaron totalmente de agua y ahora suenan puij puij a cada pedaleo y estilan como tu gorro de lana y tu bufanda y tu chaqueta y tus guantes de lana y tu polerón y tu polera o camiseta y tus pantalones y calzoncillos... “no hay presupuesto para comprar impermeables este año”, comunicó don Jefferson en mitad del verano cuando a nadie le importaba el invierno…
Y te ves ahí, cagado de agua y de frío en aquel día gris parado en la lomita de aquel cerrito junto a la helada y chorreante bicicleta, tiritando y pensando sólo en resfríos, gripes, pulmonías y neumonías y miras a través de la lluvia hacia un lado y al otro y ves las luces de decenas, centenas, millares de casas que se extienden sin fin, entonces pasa un gélido viento y piensas que todos los culiaos están sequitos y calentitos dentro de sus hogarcitos, descansando o durmiendo o comiendo o haciendo el amor en sus camitas, todos los hijos de puta sequitos y calientitos tomando su cafecito mientras el agua te chorrea por dentro y por fuera y tus pies y tus manos están congeladas y el frío cala tus huesos y vuelves a mirar las interminables casas y no tienes idea de por dónde seguirás repartiendo las mierdosas cartas ya que las calles tampoco tienen sus nombres a la vista, porque los delincuentes los borraron para que la policía se pierda a ir a buscarlos…
Y a la distancia, muy muy lejos, por entre el ruido del agua sobre ti y el pavimento y la bicicleta, escuchas gritos de una mujer... no logras distinguir qué dice pero la escuchas, y miras para el lugar desde el cual parecen provenir los desesperados gritos...
y finalmente comprendes:
— ¡Caaarteeeerooo! ¡Caaarteeeeroooo!
Por entre la lluvia, allá abajo de la lomita, se distingue apenas un paraguas... "en ese lado dejé varias cartas en el buzón de una casa, me llaman para darme la propina", piensas...
No todo es tan malo, de verdad.
Te haces el ánimo y te subes a la bicicleta, rumbo a tu dinero...
— Cartero, esta persona ya no vive acá...
Te dan ganas de abandonarte bajo la lluvia torrencial y mandar todo al demonio y dormir una siestita sobre la vereda, y ya casi estás acomodándote cuando pasa otro viento heladísimo que te recuerda los doce kilos de cartas… te invade una locura asesina al tener conciencia de que toda tu confianza se basó en esa mierda de mapa que te pasó el jefe, “este es el mapa del sector de Andrés, guíese por él”, te dijo sonriente don Jefferson Boss en la mañana.
Boss y la enorme y sangrante y peluda concha de tu madre...
Doce kilos de boletas de teléfono y cobranzas y avisos de embargo y multas y catálogos comerciales y ninguna carta de amistad o de amor… doce kilos, casi doscientas noventa cartas, casi doscientas noventa casas y ya son las cinco de la tarde y no has entregado prácticamente nada y calculas que terminarás el reparto como a las diez de la noche… gritarás de rabia y desesperación pero el ruido de la lluvia no permitirá que tus gritos los escuche nadie, excepto tú.
Yo grité aquella vez.
Por suerte, las calles del sector de Fresia son planas: nada de cerritos ni de lomitas ni subidas ni bajadas y ya sabes, con los nombres de las calles muy bien indicados y los números de cada casa a la vista, toditos correlativos.)
Aquel viernes, cuando Boss me envió al sector de la señora Fresia, no tuve ningún problema para repartir la correspondencia y terminé a las cuatro de la tarde, con poco más de diez mil pesos de propinas en mi bolsillo. El sábado me resultó aún más fácil: terminé el reparto a las tres y media de la tarde y rescaté $15.680 pesos.
Cuando llegué al Correo el lunes, luego de mi desayuno, Boss me mandó a ordenar nuevamente las cartas del cubículo tres: desde el lunes y hasta el viernes, debería cubrir el sector de la señora Fresia.
El sábado en la mañana, don Jefferson me llamó a su oficina.
Sentado tras su enorme escritorio, Boss revisaba unos documentos que tenía sobre el escritorio. Vi a la pasada que en uno de los papeles figuraba mi nombre.
(Continúa en el pdf)